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Es gracioso ir en el metro y darte cuenta que la esclavitud mental se come la feliz estadía de estar en el vagón rodeado de tantas almas que al unísono reclaman descanso y prontitud para llegar al reposanto (en mis términos, estaríamos hablando de un campo santo en vida, el hogar). Por la mañana, los zombies matutinos atiborran los vagones intentado alcanzar un huequito en el ataúd naranja que los llevará a seguir deambulando por el pitufar de sus irreflexivas vidas. En caso contrario, continuarán esperando al pie del hoy para abordar la caja fúnebre que los llevará al purgatorio, a pagar su condena, alguna han de tener.

Seguramente librarán la pesada batalla de la cotidianeidad, sufrirán el embate de los años y sus efectos en el vestuario que a cada minutos se desgarra por el uso. Es seguro que media jornada de lamentos, penas y arrastre de cadenas sea el precio justo por el alimento del alma y del cuerpo.

Tal vez su terrible devenir no les impida buscar el paraíso, por ello vuelven a purgar sus penas, por ello abordarán una y otra vez ese ataúd, ese mismo que los lleva bajo tierra, el que los rescata de ella.

Finalmente, el problema sería no tener algo que purgar. Se darían cuenta que el paraíso sería alcanzable y algo sin más allá. Por eso me motiva ver zombies. Las cavidades oculares aún muestran el vaho de un sueño inconcluso que no desean terminar. Mi condena no se debe cumplir, no ahora, no así, no aquí, menos sin tí, sin tí que comerás de mis entrañas, sin tí que lees mis líneas, sin que sepas que soy zombie también.

Ten a la mano 17 cuadritos de papel sanitario,
La hoja de papel Bond,
los 10 cms cuadrados de papel de estraza
y la media fanta que te sobró