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Tiempo de sombras

La casa pequeñita, de un piso, con techos de lámina, resquebrajaduras en los ladrillos de hormigón y sin una ventana, tenía en ese momento la puerta de par en par. Dentro se encontraban los tres niños con las caras chorreadas y con formaciones de "estalactitas" en las narices. Tras ellos estaba Rocío. Ella, al igual que los niños, inmóviles, miraban a Eusebio.

Él retrocedió hasta tropezar con la puerta. Allí quedó detenido, con miles de confusas emociones, agolpándose en su cerebro, aturdido y bestializado. Ahora sí sufría la presencia física y moral del hambre, ahora sí la contemplaba casi corporal, arrastrando su extraño olor, su vaho nauseabundo. La veía en las hundidas órbitas de los niños, en su cutis pálido y descarnado, en sus ojos mustios.

Eusebio desconocía lo que era tener un trabajo estable: mantenía a la familia del comercio informal. Laboraba de cinco a nueve horas diarias y su ingreso no superaba los treinta pesos cada día. Ese día, finalmente comprendió que había trabajado demasiado para engañarse con falsas ilusiones; el dinero ya no le alcanzaba para sacar adelante a la prole.

-¿Qué más puedo hacer?- Murmuró.

El seco lamento de Rocío llegó a sus oídos como el ronco estertor de una agonía. Su pecho hundido, sus senos flácidos, sus greñas empolvadas, sus harapos, y aquellos ojos sin vida, sumergidos en las profundas cuencas, eran todo un llamado a la acción.

¡Eusebio...! ¡Haz algo, por favor!

¿Qué más puedo hacer?

¿Qué más?

¿Qué?

La contempló seca, ingrávida. Pegada a tanta mugre, parecía más liquidada. Sin embargo, él no veía solución alguna, todos los caminos estaban cerrados.

-¿Qué más quieres que haga, mujer? -le dijo al fin-. -¿Que robe? No tengo valor para eso.

Salió a donde el sol brillaba y el aire era cálido. Un punk, con perforaciones en los cartílagos de las orejas y en las fosas nasales, recargado en un poste de la luz, permanecía como cadáver viviente, ensimismado, chupando un cigarro. Más lejos, una prostituta exhibía sus piernas varicosas, aguardando un cliente. En otro ángulo, una anciana, moradora de esa jungla de piedra, discutía airadamente con un semáforo.

Todo era desolación y miseria.

-¡Eusebio! ¡Eusebio!- murmuró otra vez Rocío con voz desfallecida.

Él se derrumbó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, estúpidamente aletargado.

-¡Mamá, tengo hambre!

Era la voz apagada de uno de los niños. Rocío no parecía oírla, porque no contestó una palabra; sólo al cabo de una espera interminable, como si en ese intervalo hubiese necesitado reunir sus últimas energías. Finalmente, salió de sus entrañas un grito:

-Eusebio, ¿estás ahí todavía? ¡Por el amor de Dios, haz algo, ya no aguantamos más!

¿Qué más puedo hacer?

¿Qué más?

¿Qué?

Volvió a callar y todo quedó de nuevo envuelto en el mismo silencio de siempre.

Con enormes dificultades, Eusebio se incorporó. Caminó sin rumbo, pensando qué hacer para conseguir alimento. Apretó el paso sin fijarse en la gente de todas las edades que circulaba por allí.

¿Qué más puedo hacer?

¿Qué?

Dobló una esquina sin ocurrencia alguna. A nadie conocía y, por otra parte, disponía de muy poco tiempo para hacerse de amigos. Había puesto tercamente todas las fueras esperando un milagro, pero sólo había recogido hambre, el hambre torturante y enloquecedora, el hambre que ciega y tiraniza.

Apareció, más allá, el letrero La Raza, con su correspondiente flecha hacia abajo. Las inmediaciones de la estación estaban llenas de mínimos puestos de todo tipo de tacos, tortas, tostadas, quesadillas, licuados, refrescos, mariscos en vaso... la barriga de Eusebio gorgoteó al ver tanta comida. Le gorgoteó quizá más o de la misma forma que a Rocío y a los niños. Aún así pensó en el robo como algo irrealizable. No tengo valor para eso, y bajó la escalera en medio de una multitud que enseguida lo envolvió, atrapó y condujo. ¿Qué más puedo hacer?

Entró en los salones de luz profusa, brillante y llegó a los torniquetes, donde introdujo el único objeto de valor que traía consigo, un boleto.

¿Qué más puedo hacer?

El andén estaba atestado, al igual que el del lado opuesto.

La adrenalina fluyó. La respiración se agitó y el coraje consigo mismo y con los demás llenó su cerebro. Eusebio no sentía ni frío ni calor, pero transpiraba. Dos pequeñas luces se acercaron por el túnel oscuro. El ¿Qué más puedo hacer? surgió en una fracción de segundo... El chirriar de llantas del pesado convoy de 9 carros, a más de 40 kilómetros por hora, parecía eterno tras el golpe seco que se escuchó. Desconcertado, el conductor accionó el freno más como reflejo que como una posibilidad real de evitar el encontronazo.

Rostros perplejos miraban atónitos y las miradas se entrecruzaban al oír aquel desgarrador grito. Todo mundo murmuraba con el de al lado... Eusebio... también.